sábado, 13 de agosto de 2011

La Alquimia de las Flores

Quitad de los corazones el amor por lo bello, y habréis quitado todo el encanto a la vida.
Jean Jacques Rousseau

 Primera parte
Elisabetta Coratella se alzaba sobre tacones de indiferencia que la elevaban contra los prejuicios añejos de una sociedad cada vez más chismosa e insoportable.

Singularidad en ella era cada día, después de llevar los niños al cole, desayunar hermosas frutas que le regalaba siempre con una sonrisa, el húngaro de la esquina. Con el mandil puesto el “suo amantísimo esposo” entonaba su cántico cada vez que la veía venir. Sacaba una sonrisa que se le pegaba en la cara de parte a parte como prolongación de surcos de marinero curtido, y entonces tarareaba en tono casi teatral y semicómico una cantilena mezcla de poeta del Medievo y campesino agrario.

Maestro de hortalizas de variados sabores , contrastes y colores, era padre de cuatro hijos que correteaban en la trastienda, o delante de la Madonna que tenía por esposa. Elisabetta era una mujer hermosa, que se las pasaba haciendo los más variados potingues de frutas en almíbar, y pisto de entretiempo. Olía a limón a miel o a canela cuando el húngaro entraba en un descuido y le metía mano entre los muslos o le incrustaba la nariz entre el pelo y el cuello alentado por aquellos olores dulces y amables que le provocaban tanto, mientras ella, haciendo un arrumaco de guiño cómplice le empujaba despacio, para apartarlo de la mirada picaresca de los críos.

Segunda parte

Tenía esta italiana la frescura de una mujer que había aprendido todo lo que sabía correteando por la Toscana en bicicleta, luciendo unas piernas morenas y largas que encandilaron al húngaro. Emigrante de vocación quedó fascinado por la Toscana y también por los ojos de aquella que crecía entre los quince y los diecisiete años llevando el correo cada día a los lugareños y emigrantes en su bicicleta adornada de flores.

Oficio heredado de su abuelo, no era un mal oficio. Pero ella tenía otras inquietudes. El húngaro era un buen tipo, lo deducía por su sencillez y amabilidad. Estudiante en el mayo francés, compartía con él la afición por el naturalismo de Rousseau. Con él sentía una complicidad plena, podía hablar libremente, sin reservas. Admiraba como ella a los clásicos, si bien también le daba un poco de pena, porque nunca habían cartas para él. Por eso, se invento un personaje, y así tuvo la osadía de escribirle cartas, en un lenguaje sencillo y un poco atrevido, pero lleno de frescura, donde le descubría sentimientos que él jamás podía imaginar. Esto hizo que el húngaro cada día recogiera las más hermosas frutas, y las más jugosas hortalizas, para entregárselas como agradecimiento y complicidad por aquellas cartas de supuesta amante.

Tercera parte

Fue en una noche de baile en la fiesta anual, ella olvido por una vez su bicicleta, y se atrevió a vestirse como la señorita que era, ya de 17 años, esa noche de luna llena decidió lanzarse, como lo hacen las chicas desprendidas. Sin manías, ni complejos. Se le metió entre la camisa y la piel y hizo el amor con él.
Y él busco un lugar, donde la tierra amable les permitirá rescatar ricos manjares, sabores y aromas de alquimia y magia, donde nadie se interpusiera jamás entre el amor y la vida que tanto disfrutaba junto a Elisabetta.

Lyria